{experimento en tinta}
Dichoso de aquel que escribe porque siempre sabrá como sortear el dolor.
la noche está asombrosa
y la casa de misiones me abraza y me consuela,
creo escuchar tu voz diciendo mi nombre
han pasado horas y todavía quierodecirte
que las estrellas, frente a mí, están preciosas
la tierra tranquila, susurra que todo saldrá bien
me tiembla un poco el cuerpo de felicidad
cierro los ojos y escucho de nuevo
que estás ronroneando cerquita mío
y es perfecto
tu voz otra vez, tu formidable forma de sonar
tu voz vuelve a decirme que todo saldrá bien
el silencio me deja estar en paz
y el aire, este bendito aire me llena los pulmones
de una tranquilizadora certeza: todo saldrá bien.
Quiero que me prometas
que en la miel de tu boca,
no va a entrar ninguna otra excusa.
Quiero que me prometas
que en la suavidad de tu lengua,
esa lengua rosa y magnifica,
no va a haber nada que duela.
Quiero confirmar que temblamos juntos todavía.
Tenías que ser tan perfecto y debías desarmarme el lamento,
querías tenerlo todo, pero tuviste la verdad de las cosas
Justo antes que pueda besarte
y quedarme rendida a este maremoto de ciudad rota
a esta desesperanza de tarde sombría
A tu risa colgada de mis deseos de desaparecer
No hay mar sin olas, pero no hay olas sin las ondas de tu pelo
Me desarma el lánguilo lamento, me descoloca pensarte en pleno enero
No sé por qué pero aunque la piel se ponga roja,
aunque arda como verano en buenos aires
aunque no baste ninguna estrofa
es risa lo que quiero que te surga al verme
es llanto lo que te provoca
las cosas que dejamos que ocurran, no hay verano sin este infierno
la antigua casa
pasé por tu antigua casa,
vi la vereda donde mis pies inmóviles esperaban que salgas
descubrí que el jacarandá esta más enorme que nunca
sentí el dolor de haberte perdido
tu casa, tus risas, tu vida, mi cielo
pasé por tu antigua casa
y los fantasmas me dijeron que no vuelva de nuevo
Quienes tengan que decir
que digan de una vez,
que los que vengan a callar
se detengan antes de vernos,
que se pudran en sus miedos
que dejen de aplastar lo que creemos
Quienes tengan que hablar,
que hablen mientras luchamos,
Que griten si se animan,
Que quemen los cimientos de todas las injusticias
Que nos cuidamos de los embistes,
Que estos desalmados nos imponen
Mientras en el hueco de su pecho
No tienen nada parecido a un corazón
quienes quieran patear lo injusto de todo esto
que pateen con mi fuerza, que se las presto hasta que duela
que destruyan el dolor que nos han grabado en la piel
quienes quieran recordar,
quienes quieran estar presentes
quienes quieran persistir
nunca jamás, ahora y siempre
quienes quieran destruirnos no podran adelantarse
quienes quieran olvidar tendrán que quitarnos la mente
aunque quieran que me rinda
Yo todavía tengo el pecho abierto en dos
No tengo intenciones de entregarles mi vida
Yo decido por mi gente, ahora y siempre
Vivan los que luchan
En estos tiempos de crueldad
Vivan los que aman de verdad
No quiero, no puedo, no funcionó el delirio
Ni siquiera te he visto
y ya tengo todo totalmente revuelto
En mi habitación las luces parpadean muy lento
y el corazón se desviste en hábitos que había olvidado
No quiero
No puedo
Estoy despidiendome de tu casa
No funcionó el delirio
Estoy despidiendome de los dos
No vengas a mirarme,
no estaré para quererte otra vez
Aunque las luces se apaguen, sigo viendo tu boca plateada rebotando en espectros
Soy un poco idiota por tener este corazon totalente revuelto
Me estoy yendo de tu espacio
Camino lento para olvidar que te quiero
Por favor, vete de acá muy pronto
No quiero
Córdoba en febrero
Estoy sola, sentada en el sillón más mullido de la casa. Afuera llueve desde hace horas y la ciudad está, posiblemente, abnegada en todas sus esquinas. Desde acá no se oye nada más que las incesantes gotas resbalando por todos lados, como un cantito melodioso el cual los ríos agradecen. Córdoba tiene períodos de sequía que dejan todo gris, lleno de polvo, pasto seco y ríos tristes. Se agradece este sonidito persistente pero se maldice un poco los planes que van a impedirnos para pasar la tarde, el día, la semana.
La idea era encontrarme con una amiga, ella venía de su viaje por alguna parte del mundo y vernos en Villa Carlos Paz era el plan intermedio para nosotras. Luego de aquí yo seguiría viaje al norte y ella volvería con el novio que detesta a un hogar que repudia a tener la vida que detesta. Total normalidad.
Sin embargo, no apareció. Nunca llegó a mi encuentro. La espere al menos hora y media, sentada en nuestro barcito favorito de siempre. Es que se nos había hecho costumbre encontrarnos dos o tres veces al año, nos gustaba hacernos lugar entre sus viajes, los míos y el dolor de ambas de tener que volver a vernos luego de todo lo que había pasado. Los primeros minutos de todos nuestros encuentros dolían como hielo pegado a la piel: la muerte de Lucila era insoportable.
Martina sabía que no llegar a tiempo implicaba preocupación, angustia, caos. La última vez que alguien no llegó fue porque se había ido para siempre. No nos gustaba para nada la impuntualidad. Martina lo sabía pero aún así, nunca llegó.
La llamé incesantemente, casi llorando, rogando que responda. Le pedí a otras amigas que intentarán contactarla, le hablé al idiota del novio, a los padres. Seguía sin aparecer. Mi corazón no podía latir más dolorosamente dentro de mi pecho: ¿qué se me había escapado? ¿entendí mal algo? ¿había algo que podría darme una pista sobre lo que estaba pasando? No tenía idea que ninguna pregunta serviría de nada, porque no habrían respuestas.
Martina apretó fuerte las manos y sonrío mirando al cielo. Las lágrimas la ahogaron por un instante pero enseguida se recompuso y se orientó rápidamente a lo que había ido a hacer: apretó, ahora sí, el gatillo de ese revolver destartalado que le compró a un pibe de dudosa reputación del barrio. La sangre le latía en la sien, el dolor se apaciguaba un poco, sentía el aire entrar con dificultad en su pecho. No podía haber hecho nada diferente. El cuerpo sin vida cayó con un ruido seco que ella no escuchó porque estaba muy distraída repasando en su mente todos los instantes donde vió a su amiga con vida, siendo feliz, siendo ella, juntas. Como lo habían sido siempre: hasta que él apareció. Y luego, como si fuese el destino inevitable de toda esta tragedia, Martina apretó una vez más el arma empolvada que tenía entre las manos y ahora su cuerpo era el que hacia un sonido que nadie podría haber escuchado.
Quiero decirle que estoy siempre pensando en ella, en lo estúpido que es esto del destino (del cual siempre ha descreído). Quiero decirle que es posible que no tengamos el tiempo que se necesita para rescatar lo perdido en este final. Pero no puedo, ya no tiene sentido siquiera verla de nuevo.
Todo el dolor que me queda en el cuerpo, tiene su nombre y mi corazón, aquel estúpido e inútil órgano que me mantiene vivo muy a mí pesar, todavía resuena cuando los recuerdos de su tacto vuelven a mí. Como llovizna de verano, quiero que aparezcas de repente. Pero no estás y no estarás, tengo que convencerme de lo inútil que es esperarte pero me he convencido de tantas idioteces a lo largo de mi vida, que esta que es la más vital para mi existencia me parece irrisoria e innecesaria. Es irrisorio e innecesario vivir sin vos.
Quiero decirle, quiero decirte que te llevo siempre conmigo y que duele tanto que a veces no puedo terminar de atarme a la vida. Pero a la vez, ese dolor me permite tenerte acá aunque no estes y es lo único que tengo de vos. Realmente no me puedo dar el lujo de dejarte ir.
[]
querer no es suficiente porque a ese querer le falta todo lo que hace que sea posible quedarse a construir
querer no lo es todo y creo, estoy segura, que es la enseñanza más dura que hacemos sobre el amor, las relaciones y los otros, a medida que crecemos
Amar no es nada, al lado de un mundo de descuidos
ey, el tiempo es de los dos
Espléndido es el momento, cálidos los labios que se muerden en este lío.
Es este encuentro entre los dos, de estos dos universos que somos vos y yo.
Todo tiene pleno sentido, pero jamás estaremos a la altura de entenderlo todo.
Te juro, que lo sé como nadie, esto tiene pleno sentido.
Cálido el momento, espléndidos tus labios.
Bello el roce de todo aquello que te oculto para que te quedes conmigo.
Un para siempre que se agota rápido mientras seco tus lágrimas y te recuerdo
Escrito A.
I.
La verdad es que no había tenido esa sensación durante más de diez años. Las cosas habían estado bien hasta entonces, ignorar el dolor, la soledad y el pánico a perder lo que ya no tenía, eran constantes y uno aprende a lidiar con lo incómodo demasiado rápido.
Siempre me pareció que ser feliz era más sencillo pero cuando caí en este oscuro lugar, me arrastré a una constante quietud y me hice adicto a ella.
Tenia unos 18 años. Habíamos terminado de almorzar. Mi casa estaba cerca de un bosque donde más de una vez fui a llorar, a reír o a besar a alguna chica o chico, según la época de mi sexualidad escurridiza. Miré por la ventana y me pareció ver a los árboles, majestuosos y enormes, más bellos que nunca. Se acercaba la primavera y algunos pájaros bailaban sobre las copas. Siempre me dieron felicidades pequeños detalles como esos. Era algo que me gustaba de mí, me tomaba un segundo para reconocer la belleza en cosas triviales o espontáneas y no me avergonzaba detener a todo el mundo para mostrarles lo lindo que estaba el cielo.
Mi papá tenía una enorme sonrisa cuando murió. Me sonrió al verme cerca, a pesar de que su corazón casi no bombeaba y sus brazos se volvieron débiles como si fueran de tela. Lo miré dos segundos antes de que pasara todo y recuerdo su rostro firme y sus ojos oscuros observando el ritmo de la casa ese domingo por la tarde. Cayó de repente sobre la mesa y un silencio eterno inundó ese día y mi vida, para siempre. No recuerdo cómo, pero terminé sentado sobre su pecho, él boca arriba sobre el frío piso gris y mi corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo repiqueteando en toda la casa. Golpeé tan fuerte su cuerpo inherte, que los médicos encontraron hematomas en sus pectorales, estómago y cuello y por un momento dudaron de los motivos de muerte. No podía dejarlo ir.
Mi mamá gritaba, mi hermana se quedó helada viéndolo todo desde un rincón con las manos apretadas en el pecho y el pelo caído sobre la cara, con una mueca de horror y desesperación que sólo volví a ver cuando años después se suicidó. Me lo había dicho alguna noche de cervezas, ella también nos dejó aquel día. Mi mamá no nos amaba ni siquiera a mi hermana y a mí, como lo amaba a él. Y lo entiendo, nunca fue alguien independiente. Nada peor que la dependencia y el amor para creer que otra persona es todo en tu vida y que sin él, estás muerta. Mi mamá estaba muerta.
Las luces de la casa parpadeaban al ritmo de mis golpes sobre el pecho de mi papá y de repente abrió los ojos para encontrar mi rostro desfigurado y sudoroso pidiendo piedad, piedad por favor. Fue ahí cuando me miró por última vez en la vida y me sonrió. Luego respiró profundamente, saboreó sus labios y dejó que sucediera eso que hace que nos apaguemos para siempre. Y eso fue todo.
II.
Ahora estoy sentado en un café sobre la calle Libertador. Odio esta zona de gente que tiene demasiado y no teme admitirlo. Las señoras de este barrio tienen problemas de gente con plata y están orgullosas de ello, mientras que los hombres consumen todo lo que pueden de todo lo que el dinero pueda comprar. No me gustan los estereotipos, pero ayudan a ordenar el mundo: esta gente me era despreciable. También aquellos que viven amontonados en villas de emergencia, que no dejan de crecer por toda la ciudad. No quiero engañar a nadie, no soy una buena persona. Supongo que lo que pasa es que odio a la gente en general y me escudo en mis prejuicios para justificar mis razones. Odio a ricos descarados que construyeron su buen pasar a costa de que sus antepasados humillaran y explotasen a otros, a veces el estado, a veces a los trabajadores que estaban por debajo de ellos, muchas otras veces, ambas cosas. Y a los pobres insistentes también los detestaba. Llenos de hijos que no pueden mantener y de perros escuálidos que nunca dejan de ladrar.
Ambos extremos me parecian insoportables y en ambas situaciones, todo se trataba de heredar. Algunos heredaban dinero y propiedades, otros pobreza y necesidades y ahí se quedaban. Por supuesto mi postura frente a los ricos de Recoleta era mucho más exteriorizada y socialmente aceptada en mi círculo, así que siempre fingía mi cara de pavor cuando el trabajo me llevaba a algún lugar pobre y popular de la ciudad. Tan bien lo fingía, que olvidaba mi repulsión a la pobreza estructural y profunda de aquella gente.
Mis padres vivieron muchos años así. Lo supe porque en cada comida familiar lo señalaban y yo crecí con desapego a aquellas cosas que valoraban. Si insistís mucho, es probable que tus hijos no te escuchen. Debe haber un equilibrio, pero dado que no soy padre, no me interese en buscarlo aún.
Estoy esperando a Vera, que tenía que venir para devolverme las dos o tres cosas que deje en su casa. Vera es de esas mujeres que todavía parecen adolescentes. Viste con zapatillas de lona, camperas de cuero sintético y mochilas brillantes que compra en algún local de bijouterie para niñas. Nunca la van a ver con el pelo suelto, suele tener un enorme y enredado rodete decorando su cabeza, pero es hermoso y brillante, lo sé porque ocasionalmente hemos tenido sexo y siempre dejaba caer su pelo suelto en algún punto de nuestros encuentros, me encontré muchas veces esperando ansioso ese momento.
Se lo ata sin falta desde aquella vez que un tipo la tomó del pelo para arrastrarla a un costado oscuro de un puesto de diarios en pleno Burzaco. Era un ex novio violento y obstinado que no aceptaba que ella se fuera porque él se había convertido en un novio violento y obstinado, ¿cómo se atrevía a ella a rescindir el contrato de palabra que tenían? Nunca entendí a estos tipos. También los despreciaba. Sobre todo a este, porque lastimó a Vera y ahora yo tenía que intentar relacionarme con lo que quedaba de ella. Y a veces se me hacía insoportable. Ni siquiera puedo relacionarme bien con lo que queda de mí.
Vera había conocido a una persona recientemente, y sentía que debía hacer las cosas bien desde el principio. Valía la pena, según ella. Me complicó un poco la existencia, ya que nuestra relación no era solo encuentros ocasionales sino que realmente la había llegado a considerar una buena amiga. Muchas veces nos veíamos y no pasaba nada más que unas buenas cervezas al costado de la pileta de la casa de sus padres. Tal vez, la vez que le dije que la amaba había complicado todo. Y no, no la amaba, ni la amo ahora. Ambos lo sabíamos y por eso ella ignoró lo que le dije y nunca más volvimos a mencionar el tema. Quisiera pedirle disculpas por dejarme llevar, pero ya ha pasado tiempo y no tiene sentido. Además siento una profunda vergüenza por haberlo dicho en el momento que se lo dije.
La primera vez que fuimos juntos a un hotel, no pude hacer nada. Tuvimos que salir a los quince minutos de haber entrado. Me sentí culpable y avergonzado por la situación, se suponía que la noche no debía terminar con ella y yo juntos en hotel de mala muerte cerca de nuestros trabajos. Pero lo que no pudo ser aquella noche, pasó luego, en mi auto o en el de ella, en cualquier rincón tranquilo y apartado en el que pudiésemos estar. Nos parecía una estupidez pagar hoteles después de eso. Es una estupidez el concepto de un hotel, en realidad. Dos adultos pagando por un espacio para tener sexo, ¡que inútil! Además, era doble el escarnio porque delataba que ninguno tenía lugar propio.
Otra vez recuerdo a mi papá. Se me confunden los hilos de mi vida y amontonó todas las escenas. Lo cual es irónico ya que mi psicóloga me pidió escribir esto como una forma de ordenar en papel lo que no puedo aclarar en mi cabeza. El día que él murió estabamos cumpliendo con la tradición familiar más antigua de todas: la reunión del domingo por mes. Mis papás estaban separados hace unos años, pero todavía eran buenos amigos y solían reunirse en nuestra casa para reírse de lo avejentados que estaban. Siempre me pareció que, aunque se seguían queriendo, ambos se habían desilusionado de lo que implicaba tener una familia y cuando mi hermana y yo fuimos lo suficientemente grandes, decidieron que no tenían por qué soportar más lo que los apresaba. Otra familia normal, digamos.
sobrevivimos a este templo
Te veo mirarte al espejo, harta de no encajar en los estándares de gente que no te interesa. Te veo avergonzada, escondiendo con dificultad los centímetros que no entran en las telas que tienen formas de cuerpos que jamás alcanzaras. Te veo y sufro con vos. Porque sabemos bien a cuantos talles estamos de pertenecer. Fueron muchos años, amiga, de no entrar en ningún lado, ni siquiera en mi cuerpo. Fueron años de llorar a escondidas, de ocultarte detrás de otros, de vivir soñando más que de soñar dormida y vivir después. Fueron años de vivir a medias, de ocultar quién sos. Años de odiarte, de despreciarte, de medir tu valor a través de los talles de las vidrieras, de las cinturas de los maniquíes, de los pechos paraditos y color durazno, que posan en las revistas. Años de verte sometida a las palabras cortantes de un montón de gente que jamás llegó a conocerte. Años de que a otros les moleste tu forma, incluso más de lo que te molestaba a vos. Años en que deberías haberte amado una represa infinita, para contener el desprecio de un centenar.
Años y años que se nos escaparon, por que a mí también me quema lo mismo, en medio de tanto autodesprecio. Horas y horas, que no vuelven y que se quedaron ahí, ahogadas en lágrimas.
Nada de todo esto es tanto nuestra culpa, pero así se siente. Nos enseñaron a odiarnos, por algo tan simple y superficial como la forma en que nos vemos.
Y nos lo creímos todo. Ahora, queremos reamarnos pero no podemos. El discurso es de amor propio, pero no nos queremos. Vemos otras que sí pueden o eso dicen, pero nosotras todavía no sabemos ni como fingirlo. Así que nos seguimos escondiendo.
A veces, solo a veces, nos animamos un poco y alguien nos dice que debería darnos vergüenza. Mordemos, pero no hacemos daño. Fingimos que no nos importa, pero sí. Y volvemos de nuevo al punto desde donde partimos.
Son años y años, y todavía no logras ni siquiera verte al espejo más de 5 segundos. Todavía te cortas imaginariamente la piel, pero con ganas de ser más valiente para hacerlo de verdad. Todavía te morís por tener otro cuerpo. Todavía dudas de todos los “te amo” que te dijeron. Todavía existís pidiendo permiso por el espacio que ocupas, por los “problemas” que causas, por el hecho de que otros tengan que verte.
Es que todavía duele habitar esta piel pero sobrevivimos.