Se reía y sostenía su sonrisa todo lo que podia.
Afuera el viento se llevaba todas las hojas del otoño y las amontonaba formando castillos color ocre y marrón. La ropa tendida en la soga bailaba energicámente y el llamador de ángeles (¿realmente hacía falta un nombre tan pretencioso?) hacía mil y un sonidos diferentes. Toc, golpeaban. Toc. Más fuerte.
Seguía sonriendo. Ahora costaba un poco más.
Las primeras gotas se hicieron escuchar en las chapas de la casa. Primero un par, luego cientos de pares. Lentamente al comienzo, rápidas después. El olor a tierra inundó la cocina y se mezclaba con el café recién hecho. Las tazas que nos trajo mamá de aquel viaje a Marruecos y que tenian etiquetas 'made in china' se ofendieron cuando decidimos tomar nuestra bebida en las viejos vasos de siempre, 'made in china' también.
Sonreía pero aparecían, cada tanto, muecas peculiares.
Leímos juntos una nota sobre jardinería de interiores y te cortaste con la punta de tu lapiz. Sangraste. Lamiste tu dedo y sangraste igual. Busqué una curita y solo teníamos algunas de hello kitty, me obligaste a que te trajera de esas. Pusiste una en el dedo herido y sugeriste que use una yo también.
No había nada en su rostro que se asimilara a una sonrisa.
Los castillos de hojas se habían vuelto a desparramar. El llamador de ángeles creo que te lo llevaste y algo golpeaba dentro de mi cabeza. Toc, toc, toc. El café estaba frío e innecesariamente fuerte, esa pava eléctrica nunca quiso colaborar conmigo. Regalé las tazas chinas marroquianas. Las plantas se fueron muriendo. Creo que las regué demasiado o muy poco, debería haberles hablado más. No pude, no sabía que decirles. Intenté contarles sobre vos y sospecho que eso las hizo morir. Tengo una curita en el dedo, no me corté ni estoy sangrando. Pero duele no verte más y sentí que tenía que intentar remendarlo.