Escrito A.
en
21:38
I.
La verdad es que no había tenido esa sensación durante más de diez años. Las cosas habían estado bien hasta entonces, ignorar el dolor, la soledad y el pánico a perder lo que ya no tenía, eran constantes y uno aprende a lidiar con lo incómodo demasiado rápido.
Siempre me pareció que ser feliz era más sencillo pero cuando caí en este oscuro lugar, me arrastré a una constante quietud y me hice adicto a ella.
Tenia unos 18 años. Habíamos terminado de almorzar. Mi casa estaba cerca de un bosque donde más de una vez fui a llorar, a reír o a besar a alguna chica o chico, según la época de mi sexualidad escurridiza. Miré por la ventana y me pareció ver a los árboles, majestuosos y enormes, más bellos que nunca. Se acercaba la primavera y algunos pájaros bailaban sobre las copas. Siempre me dieron felicidades pequeños detalles como esos. Era algo que me gustaba de mí, me tomaba un segundo para reconocer la belleza en cosas triviales o espontáneas y no me avergonzaba detener a todo el mundo para mostrarles lo lindo que estaba el cielo.
Mi papá tenía una enorme sonrisa cuando murió. Me sonrió al verme cerca, a pesar de que su corazón casi no bombeaba y sus brazos se volvieron débiles como si fueran de tela. Lo miré dos segundos antes de que pasara todo y recuerdo su rostro firme y sus ojos oscuros observando el ritmo de la casa ese domingo por la tarde. Cayó de repente sobre la mesa y un silencio eterno inundó ese día y mi vida, para siempre. No recuerdo cómo, pero terminé sentado sobre su pecho, él boca arriba sobre el frío piso gris y mi corazón latiendo tan fuerte que podía sentirlo repiqueteando en toda la casa. Golpeé tan fuerte su cuerpo inherte, que los médicos encontraron hematomas en sus pectorales, estómago y cuello y por un momento dudaron de los motivos de muerte. No podía dejarlo ir.
Mi mamá gritaba, mi hermana se quedó helada viéndolo todo desde un rincón con las manos apretadas en el pecho y el pelo caído sobre la cara, con una mueca de horror y desesperación que sólo volví a ver cuando años después se suicidó. Me lo había dicho alguna noche de cervezas, ella también nos dejó aquel día. Mi mamá no nos amaba ni siquiera a mi hermana y a mí, como lo amaba a él. Y lo entiendo, nunca fue alguien independiente. Nada peor que la dependencia y el amor para creer que otra persona es todo en tu vida y que sin él, estás muerta. Mi mamá estaba muerta.
Las luces de la casa parpadeaban al ritmo de mis golpes sobre el pecho de mi papá y de repente abrió los ojos para encontrar mi rostro desfigurado y sudoroso pidiendo piedad, piedad por favor. Fue ahí cuando me miró por última vez en la vida y me sonrió. Luego respiró profundamente, saboreó sus labios y dejó que sucediera eso que hace que nos apaguemos para siempre. Y eso fue todo.
II.
Ahora estoy sentado en un café sobre la calle Libertador. Odio esta zona de gente que tiene demasiado y no teme admitirlo. Las señoras de este barrio tienen problemas de gente con plata y están orgullosas de ello, mientras que los hombres consumen todo lo que pueden de todo lo que el dinero pueda comprar. No me gustan los estereotipos, pero ayudan a ordenar el mundo: esta gente me era despreciable. También aquellos que viven amontonados en villas de emergencia, que no dejan de crecer por toda la ciudad. No quiero engañar a nadie, no soy una buena persona. Supongo que lo que pasa es que odio a la gente en general y me escudo en mis prejuicios para justificar mis razones. Odio a ricos descarados que construyeron su buen pasar a costa de que sus antepasados humillaran y explotasen a otros, a veces el estado, a veces a los trabajadores que estaban por debajo de ellos, muchas otras veces, ambas cosas. Y a los pobres insistentes también los detestaba. Llenos de hijos que no pueden mantener y de perros escuálidos que nunca dejan de ladrar.
Ambos extremos me parecian insoportables y en ambas situaciones, todo se trataba de heredar. Algunos heredaban dinero y propiedades, otros pobreza y necesidades y ahí se quedaban. Por supuesto mi postura frente a los ricos de Recoleta era mucho más exteriorizada y socialmente aceptada en mi círculo, así que siempre fingía mi cara de pavor cuando el trabajo me llevaba a algún lugar pobre y popular de la ciudad. Tan bien lo fingía, que olvidaba mi repulsión a la pobreza estructural y profunda de aquella gente.
Mis padres vivieron muchos años así. Lo supe porque en cada comida familiar lo señalaban y yo crecí con desapego a aquellas cosas que valoraban. Si insistís mucho, es probable que tus hijos no te escuchen. Debe haber un equilibrio, pero dado que no soy padre, no me interese en buscarlo aún.
Estoy esperando a Vera, que tenía que venir para devolverme las dos o tres cosas que deje en su casa. Vera es de esas mujeres que todavía parecen adolescentes. Viste con zapatillas de lona, camperas de cuero sintético y mochilas brillantes que compra en algún local de bijouterie para niñas. Nunca la van a ver con el pelo suelto, suele tener un enorme y enredado rodete decorando su cabeza, pero es hermoso y brillante, lo sé porque ocasionalmente hemos tenido sexo y siempre dejaba caer su pelo suelto en algún punto de nuestros encuentros, me encontré muchas veces esperando ansioso ese momento.
Se lo ata sin falta desde aquella vez que un tipo la tomó del pelo para arrastrarla a un costado oscuro de un puesto de diarios en pleno Burzaco. Era un ex novio violento y obstinado que no aceptaba que ella se fuera porque él se había convertido en un novio violento y obstinado, ¿cómo se atrevía a ella a rescindir el contrato de palabra que tenían? Nunca entendí a estos tipos. También los despreciaba. Sobre todo a este, porque lastimó a Vera y ahora yo tenía que intentar relacionarme con lo que quedaba de ella. Y a veces se me hacía insoportable. Ni siquiera puedo relacionarme bien con lo que queda de mí.
Vera había conocido a una persona recientemente, y sentía que debía hacer las cosas bien desde el principio. Valía la pena, según ella. Me complicó un poco la existencia, ya que nuestra relación no era solo encuentros ocasionales sino que realmente la había llegado a considerar una buena amiga. Muchas veces nos veíamos y no pasaba nada más que unas buenas cervezas al costado de la pileta de la casa de sus padres. Tal vez, la vez que le dije que la amaba había complicado todo. Y no, no la amaba, ni la amo ahora. Ambos lo sabíamos y por eso ella ignoró lo que le dije y nunca más volvimos a mencionar el tema. Quisiera pedirle disculpas por dejarme llevar, pero ya ha pasado tiempo y no tiene sentido. Además siento una profunda vergüenza por haberlo dicho en el momento que se lo dije.
La primera vez que fuimos juntos a un hotel, no pude hacer nada. Tuvimos que salir a los quince minutos de haber entrado. Me sentí culpable y avergonzado por la situación, se suponía que la noche no debía terminar con ella y yo juntos en hotel de mala muerte cerca de nuestros trabajos. Pero lo que no pudo ser aquella noche, pasó luego, en mi auto o en el de ella, en cualquier rincón tranquilo y apartado en el que pudiésemos estar. Nos parecía una estupidez pagar hoteles después de eso. Es una estupidez el concepto de un hotel, en realidad. Dos adultos pagando por un espacio para tener sexo, ¡que inútil! Además, era doble el escarnio porque delataba que ninguno tenía lugar propio.
Otra vez recuerdo a mi papá. Se me confunden los hilos de mi vida y amontonó todas las escenas. Lo cual es irónico ya que mi psicóloga me pidió escribir esto como una forma de ordenar en papel lo que no puedo aclarar en mi cabeza. El día que él murió estabamos cumpliendo con la tradición familiar más antigua de todas: la reunión del domingo por mes. Mis papás estaban separados hace unos años, pero todavía eran buenos amigos y solían reunirse en nuestra casa para reírse de lo avejentados que estaban. Siempre me pareció que, aunque se seguían queriendo, ambos se habían desilusionado de lo que implicaba tener una familia y cuando mi hermana y yo fuimos lo suficientemente grandes, decidieron que no tenían por qué soportar más lo que los apresaba. Otra familia normal, digamos.