sobrevivimos a este templo




Te veo mirarte al espejo, harta de no encajar en los estándares de gente que no te interesa. Te veo avergonzada, escondiendo con dificultad los centímetros que no entran en las telas que tienen formas de cuerpos que jamás alcanzaras. Te veo y sufro con vos. Porque sabemos bien a cuantos talles estamos de pertenecer. Fueron muchos años, amiga, de no entrar en ningún lado, ni siquiera en mi cuerpo. Fueron años de llorar a escondidas, de ocultarte detrás de otros, de vivir soñando más que de soñar dormida y vivir después. Fueron años de vivir a medias, de ocultar quién sos. Años de odiarte, de despreciarte, de medir tu valor a través de los talles de las vidrieras, de las cinturas de los maniquíes, de los pechos paraditos y color durazno, que posan en las revistas. Años de verte sometida a las palabras cortantes de un montón de gente que jamás llegó a conocerte. Años de que a otros les moleste tu forma, incluso más de lo que te molestaba a vos. Años en que deberías haberte amado una represa infinita, para contener el desprecio de un centenar.
Años y años que se nos escaparon, por que a mí también me quema lo mismo, en medio de tanto autodesprecio. Horas y horas, que no vuelven y que se quedaron ahí, ahogadas en lágrimas.
Nada de todo esto es tanto nuestra culpa, pero así se siente. Nos enseñaron a odiarnos, por algo tan simple y superficial como la forma en que nos vemos.
Y nos lo creímos todo. Ahora, queremos reamarnos pero no podemos. El discurso es de amor propio, pero no nos queremos. Vemos otras que sí pueden o eso dicen, pero nosotras todavía no sabemos ni como fingirlo. Así que nos seguimos escondiendo.
A veces, solo a veces, nos animamos un poco y alguien nos dice que debería darnos vergüenza. Mordemos, pero no hacemos daño. Fingimos que no nos importa, pero sí. Y volvemos de nuevo al punto desde donde partimos.
Son años y años, y todavía no logras ni siquiera verte al espejo más de 5 segundos. Todavía te cortas imaginariamente la piel, pero con ganas de ser más valiente para hacerlo de verdad. Todavía te morís por tener otro cuerpo. Todavía dudas de todos los “te amo” que te dijeron. Todavía existís pidiendo permiso por el espacio que ocupas, por los “problemas” que causas, por el hecho de que otros tengan que verte.


Es que todavía duele habitar esta piel pero sobrevivimos.