Estoy sola, sentada en el sillón más mullido de la casa. Afuera llueve desde hace horas y la ciudad está, posiblemente, abnegada en todas sus esquinas. Desde acá no se oye nada más que las incesantes gotas resbalando por todos lados, como un cantito melodioso el cual los ríos agradecen. Córdoba tiene períodos de sequía que dejan todo gris, lleno de polvo, pasto seco y ríos tristes. Se agradece este sonidito persistente pero se maldice un poco los planes que van a impedirnos para pasar la tarde, el día, la semana.
La idea era encontrarme con una amiga, ella venía de su viaje por alguna parte del mundo y vernos en Villa Carlos Paz era el plan intermedio para nosotras. Luego de aquí yo seguiría viaje al norte y ella volvería con el novio que detesta a un hogar que repudia a tener la vida que detesta. Total normalidad.
Sin embargo, no apareció. Nunca llegó a mi encuentro. La espere al menos hora y media, sentada en nuestro barcito favorito de siempre. Es que se nos había hecho costumbre encontrarnos dos o tres veces al año, nos gustaba hacernos lugar entre sus viajes, los míos y el dolor de ambas de tener que volver a vernos luego de todo lo que había pasado. Los primeros minutos de todos nuestros encuentros dolían como hielo pegado a la piel: la muerte de Lucila era insoportable.
Martina sabía que no llegar a tiempo implicaba preocupación, angustia, caos. La última vez que alguien no llegó fue porque se había ido para siempre. No nos gustaba para nada la impuntualidad. Martina lo sabía pero aún así, nunca llegó.
La llamé incesantemente, casi llorando, rogando que responda. Le pedí a otras amigas que intentarán contactarla, le hablé al idiota del novio, a los padres. Seguía sin aparecer. Mi corazón no podía latir más dolorosamente dentro de mi pecho: ¿qué se me había escapado? ¿entendí mal algo? ¿había algo que podría darme una pista sobre lo que estaba pasando? No tenía idea que ninguna pregunta serviría de nada, porque no habrían respuestas.
Martina apretó fuerte las manos y sonrío mirando al cielo. Las lágrimas la ahogaron por un instante pero enseguida se recompuso y se orientó rápidamente a lo que había ido a hacer: apretó, ahora sí, el gatillo de ese revolver destartalado que le compró a un pibe de dudosa reputación del barrio. La sangre le latía en la sien, el dolor se apaciguaba un poco, sentía el aire entrar con dificultad en su pecho. No podía haber hecho nada diferente. El cuerpo sin vida cayó con un ruido seco que ella no escuchó porque estaba muy distraída repasando en su mente todos los instantes donde vió a su amiga con vida, siendo feliz, siendo ella, juntas. Como lo habían sido siempre: hasta que él apareció. Y luego, como si fuese el destino inevitable de toda esta tragedia, Martina apretó una vez más el arma empolvada que tenía entre las manos y ahora su cuerpo era el que hacia un sonido que nadie podría haber escuchado.