En la agenda de Gael, ya no entraban eventos. Su vida se había convertido en una continuación interminable de cosas para hacer, de gente a quien visitar, de tareas por cumplir. La muerte de Belén no le dió avisos, tan solo ocurrió. Su hermana siempre había sido la reina del orden, la organización y sobre todo, irónicamente, de la anticipación. Pero, no fue capaz de darle algún aviso sobre lo que iba a venir. Gael seguía molesto con ella, pensaba día y noche que fue muy egoísta de su parte haber decidido la primavera para dejar de existir, sabiendo bien que un joven de su edad tiene compromisos sociales a los que acudir si es que pretende hacerse un lugar en el mundo de la gráfica. Recién recibido como estaba, no podía darse el lujo de llorar ni detenerse por aquella media hermana que casi ni conoció, ¿acaso era correcto pretender que él abandonara sus obligaciones para fingir, frente a toda su familia, algo que no sentía? Belén había creído que si o al menos, él lo creía fervientemente.
La mañana trascurrió rápido entre la burocracia de la muerte y parecía que todo aquel asunto iba a durar lo estrictamente necesario y ningún minuto más. Gael se sentó a beber un café, mientras repasaba mentalmente la lista de eventos que debía re acomodar si no quería terminar trabajando en NiusPaper News, la empresa de medios más amarillista concebida hasta entonces y la única que había mostrado real interés en él. El mandato familiar se hacia fuerte, para entonces: "medicina es la única profesión que te permitirá dormir tranquilo por las noches", le decía su padre. Y el no podía evitar recordar las noches que debió velar por su madre, mientras aquel respetable y honorable medico dormía con alguna enfermera casi sin preocupación por ocultar los indicios. A causa de aquel hombre, nunca nadie había podido dormir realmente tranquilo en su casa.
Belén llegó así. Hija de una enfermera de poca monta, que había venido del norte a Buenos Aires en busca de algo diferente, o escapando de las mismas historias de siempre. Su padre, era el padre de Gael y nadie en su familia hubiera sabido de su existencia si Belén no hubiera decidido estudiar periodismo en la misma universidad que su medio hermano. Gael no podía evitar pensar que ella tenia todo planeado, con mucha antelación (siendo fiel, claro está, a su propia esencia). La familia enloqueció, su madre cayó en una depresión tal que se necesito muchos meses para poder verla sentada en la mesa, comiendo con los demás y hasta algo más de un año para descubrir en su rostro algún atisbo de sonrisa. Aquella traición, sospechada desde siempre, casi confirmada desde hace tanto, al fin se materializó. Y al fin, la amenaza, la mentira, la burla tenía nombre y apellido, el de su propio esposo.
Belén era una mujer hermosa, de esas que desatan las pasiones más dormidas y que devuelven la fe en las pequeñas cosas. Su sonrisa era franca, espontanea, sincera y casi siempre se le dibujaba en el rostro unos huequitos que le daban un aire aniñado e inocente. Sin embargo, su carácter era el de tres tempestades. Haber crecido, tironeada por su padres, escondida de sus propios hermanos, la llevó a ser desconfiada, distante. Su única pasión había sido desde siempre la escritura, para luego convertirse en una carrera universitaria propiamente dicha, en forma de periodismo. Creció rodeada de hojas, tachones, diarios, revistas y leyó tanto que a sus 18 ya no tenía best sellers ni clásicos de la literatura en su lista de pendientes.
Gael seguía mirando el reloj, ahora el tiempo pasaba lentamente y dejaba marcadas las horas con el estupor de la tarde de un día de sol a punto de llover. Hizo un esfuerzo por pensar en su hermana, su media hermana, Belén. Se preguntó si algún día podría dejar de extrañarla.