Sonreí,
porque a estas alturas eran pocas las opciones que tenia. Y me deje
caer entre las palabras que salían de su boca, esa misma boca que me
enveneno y la observaba hipnotizado con la tristeza de quien entiende
que jamas podrá desprenderse. Mientras ella hablaba sin parar como
si tuviera miedo de que no le alcanzara la vida para decirlo todo y
yo me preocupaba por ella por si se le olvidaba respirar entre
párrafos y párrafos de cosas por decir. Estaba contenta de verme y
yo me desmoronaba en recuerdos.
Sentada frente a mi se
creía tan intocable y poderosa pero no, era humana y su humanidad
era inmensamente vulnerable. Yo la he visto llorar abrazada a su
almohada rogando que se haga de día con la esperanza de que el sol
la quitara de sus penumbras. La vi derrotada, esperando un milagro,
rogando una tregua. Y estuve ahí, sosteniendo su cabello mientras
con la mirada perdida viajaba a algún doloroso recuerdo y me
quedaba despierto cuidándola de ella misma. Noches enteras
compartiendo sus tormentos, sin tiempo de detenernos en mi. Aunque
jamas dijo, que era lo que le carcomía el alma y la dejaba sin
lágrimas para mi.
Es que la ame. La ame
inmensamente, olvidándome de todo lo que no tuviera que ver con ella
y me encerré en su mundo descuidando todo lo que había en el mio.
Me perdí.
- Estas en esta clase?
- Supongo que si, eso me dijo la amable recepcionista– Le respondí irónico.
- Claro, entiendo. Para tu consuelo, Berna solo le contesta a los alumnos que le caen bien. Digamos, que sos un afortunado –.
- No tengo dudas de eso. Estoy hablando con vos -
Sus
ojos se abrieron como dos platos y le note el brillo de la
incertidumbre que se desbordaba por sus mejillas - No es sano
intentar algo conmigo - Dijo, luego se corrió el mechón que le
cruzaba en la frente y siguió con la vista en sus apuntes.
Paso bastante tiempo desde
la ultima vez que la vi y no fue la clase de adiós, que se darían
dos personas enamoradas que saben que no volverán a verse. Ella
levanto una ceja, reclamándome algo que nunca me intereso saber.
Me la cruzaba seguido,
aunque confieso que a veces la buscaba con la mirada, entre la
multitud que deambulaba por los pasillos y me alegraba si veía su
cabello largo y esa cartera gigante llena de cosas que jamas
necesitaba. Disfrutaba tenerla cerca y después de haberla conocido
no volví a querer a nadie con la misma fuerza que a ella.
Pasaban los meses y
nuestra relación se afianzaba mas, nos confesábamos todo,
faltábamos a clase y paseábamos sin rumbo, nos quedábamos horas
hablando por teléfono y dejaba la ventana abierta, para que ella
entrara cuando gustase para compartir su insomnio conmigo. Nos
divertíamos inventándonos una vida paralela a la que vivíamos de
día y luego, reinventarla de noche. Como una segunda versión de
nosotros.
Y así, fue. Un día de
invierno ella ya no respondió a mis llamados, tampoco asistió a
clases y fueron inútiles los intentos de encontrarla por las calles
cercanas a los lugares que solíamos frecuentar. Hubiera querido ir a
su casa esperarla, para ver si estaba bien. Preguntarle que le había
ocurrido, si necesitaba ayuda en algo. Pero nunca me dijo donde
vivía. Solía ser reservada con detalles tan específicos,como el
trabajo de sus padres, o la fecha de su cumpleaños y sin embargo me
confesaba sus miedos mas profundos y siempre me dejo ver lo bueno y
malo de su personalidad sin ningún temor de que yo la juzgara o
corriera espantado por tanta bipolaridad. Luego descubrí, que ella
había nacido en invierno. Fría.
Al principio, estaba
furioso no entendía que la había llevado a abandonarme así, a
dejar lo nuestro inconcluso. Después, entendía que nunca me había
firmado ni prometido nada. Lo nuestro funcionaba día a día y de los
planes de los que hablábamos nunca se refería a un “nosotros”
aunque en los mios el nombre de ella, se leía entre lineas.
Intente recordar, entre
todo lo que nos habíamos dicho algo que me diera una leve noción de
lo que había ocurrido, pero en realidad todo lo que a ella le pasaba
era, llanto. Tenia angustia, si. Lo mostraba con frecuencia y se
ahogaba de tanto llorar. Pero nunca me contó los porque, ni los
cuando, mucho menos los como. Y jamas pregunte, tal vez creyendo que
con el correr del tiempo se irían soltando las cosas e incluso me
daba ansias ser capaz de descifrar su historia sin que ella me dejara
todo servido. Era un reto interpretarla y yo amaba traducirla.
En lugar de olvidarla,
cada día la tenia mas presente. En cada cosa que hacia o veía o
sentía, quería que ella estuviera ahí y cada chica de cabellos
largos y castaños me la traía. Y descubrí, a mi pesar que nunca
había querido a nadie así. No me encontraba en ningún lugar, me
quedaba sentado en algún banco de plaza, llorándola como un nene
chiquito. Y nunca sentí vergüenza por nada de lo que ella hizo en
mi, ni nada de lo que hice por ella. Ni siquiera de haberla estado
esperándola, sin que nadie me lo pidiera.
- Ey, lindo tanto tiempo! – Dijo una voz, al otro lado del teléfono.
- Tanto... – Respondí suspirando.
- Me gustaría que nos viéramos. Podes ahora? -
- Si – Dije, aunque no podía. O no debería haber podido.
Cuando entre al café, la
reconocí enseguida por ese tic que tiene de golpear la mesa con los
dedos como muestra de impaciencia. Primero vi su mano y después supe
que era ella. Me acerque y a medida que lo hacia todas las cosas que
pensaba decirle se quedaban en el suelo detrás de mi, dejándome sin
nada. Me senté justo en frente de ella y la observe buscando
respuestas pero solo obtuve un montón de anécdotas de viajes, de
novios que no funcionaron, de lamentos por haberse ido sin
despedirse.
- Nunca entendí el porque – Solté de repente, cuando hubo un silencio.
- Me amabas? Hubiera jurado que si lo hacías – Me contesto sin titubear.
- Siempre creí que jugaste conmigo y de seguro volviste para seguirlo haciendo -
- No te pongas en ese plan mi dulce, yo también te ame. Pero el amor en el tiempo perdura y si a vos se te termino porque me fui, entonces nunca fue amor -.
Sentí que me mataba, de
nuevo. Y me canse. Me levante aturdido pero decidido, deje plata
suficiente para pagar los cafés y la propina para la moza que me
regalo una miradita cómplice cuando me vio llorar y me dirigí a la
puerta, seguro de que nunca mas iba a recuperarme. Ella corrió
detrás de mi y me alcanzo a mitad de cuadra, tomándome de un brazo
me obligo a mirarla a los ojos. Acto seguido, me beso. Fue un beso
distinto a los tantos otros que me daba luego de haber estado
llorando toda la noche, eran besos de agradecimiento. Este fue uno de
verdad y lo senti cuando las lágrimas mojaron mis mejillas, cayendo
sobre mi como una lluvia de primavera. Esa fue la única vez que
sabia porque lloraba. Tome valor y me aparte, para no dilatar mas la
despedida. Y la mire con una mueca de cansancio que la incomodo un
poco.
Me coloco una mano en el
rostro y sostuvo mi mirada con la suya. Vi ese brillo en sus ojos, el
mismo con el que sonaba todas las noches. Ese mismo brillo que luego,
buscaría en todas partes, en muchas personas sin encontrarlo jamas.
- Perdóname. No por las cosas que hice, sino por todo aquello que no – Dijo en un sollozo y bajando la mirada, se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Observe su cabello, una
vez mas. Llevaba un vestido de invierno hecho de lana, y color rojo,
unos borcegos negros y un sobre todo del mismo color. Y su castaño
quedaba precioso encima de su espalda. Me encantaba la manera que
tenia de vestir, de reír, de ser, de sentir, de matarme, de
resucitare, de enredarme, de arrinconarme. De olvidar.
Ya no dolía tanto
perderla, porque no se puede añorar lo que nunca se ha tenido. Y
ella nunca va a ser de nadie, ni siquiera se obedece a si misma. Por
mi parte, debo decir que a veces la pienso, que la busco en los
atardeceres y hago fuerza con el corazón para cruzarla algún día,
para verla de lejos, tan perfecta como siempre. Riéndose con esas
pequeñas joyas blancas que eran sus dientes y escuchar su voz,
diciéndome lo perfecto que era para ella ver llover.
Recibí una sobre anos
después que no tenia nada escrito, mas que mi nombre en una linda
letra cursiva que me sonó conocida apenas la vi. Lo escondí de mis
amigos, de mi novia y de todos porque esa historia era demasiado mía
para compartirla y dolía confesar que esa fue la primera vez en
todo, en amar, en dolor y en tener que olvidar. Dentro, en el papel
solo decía:
“Una vez, mientras dormías... Yo también te cuide. Y te susurre
que si yo te daba mas sufrimiento que alegrías, entonces tenia que
aceptar que tu camino no iba con el mio. Me aleje para estar cerca.”
No me sorprendió no
entenderla. Y no me refiero a la carta, sino a la autora de ese papel
violáceo que se enredo en mi mente unos segundos, hasta que decidí
que hace rato me había rendido. Y en un lugar que ya olvide, guarde
la carta junto a un papel color amarillo que decía:
“Para nosotros, cerca es lejos”.