Atenea

Atenea tenia cabellos marrones que caian sobre sus hombros de una bonita forma. Siempre llevaba una sonrisa reluciente y la cabeza alta. Tenia una tierna mirada y su voz recordaba el dulce sabor de frutillas, muchas frutillas rojas que se estan a punto de comer. No sabia mucho de nada pero sabia bien como disimularlo. Era imparable, testaruda, buena, mala, indecisa. Imperfecta y perfecta a la vez.
Diosa de la guerra, de la sabiduría, de la justicia. De la habilidad. Y vaya que era habil, nada le costaba desarmar un corazón. Diosa de las estrategias, también. Siempre se las ingeniaba para convencer de que todo había sido sin la intención de lastimar, que nunca creyó que iba a terminar mal, que no lo volvería a hacer, pedido de disculpas. Y ya era suficiente. Estratega. Mentirosa. Inolvidable.


Madrid estaba preciosa esa mañana y decidí hacerme dueño de ella. Me dirigi directamente a los Jardines del Retiro, ese magnifico lugar del que tanto me hablaba mi papa y al que no pudo volver nunca más luego de que mamá falleciera. fue alli donde la vio por primera vez .
La Puerta de España es la entrada desde la calle Alfonso XII y fue alli por donde comenzó mi paseo, me deje cautivar y conquistar por la historia y la inmensidad de ese lugar y me sentí en medio de un libro de historia, de arte, de amor...

Me tomo por sorpresa. Y ahi la vi. Usaba dos dedos para enredarse el cabello entre ellos y miraba con mucha atención una de las estatuas del Paseo de la Argentina. Me la quede observando y me sonrojé al darme cuenta que hace mucho no miraba a una mujer tan hermosa. Me acerque casi sin haberlo planeado y sin querer también, sentí su perfume.


Le supliqué piedad, tenia tanto para ella, toda mi vida para ella. Me desgarraba de dolor, sentia como mi corazón se desarmaba dentro de mi pecho, me esforcé para verla bien, para adivinar sus pensamientos, lloré como un niño pequeño y al fin se termino. Al fin mi corazón decidió dejar de latir y la pude imaginar tan perfecta, que volví a sentir su perfume, ese que llevaba la primera vez que la vi. Senti la suavidad de sus labios rozando mi mejilla y su mirada, que era fuego, que era hielo. Esa mirada de la que fui esclavo tanto tiempo y ahora fin. Al lugar donde voy no sentiré más dolor.